sábado, 18 de junio de 2016

Día 21. Torrevieja Zombie.

"Una guitarra acústica vuela con aliento desafinado junto a la hoguera. Suenan arpegios tranquilos. La rasga mi mano...

... llena de sangre."

Definitivamente, el mundo se ha vuelto loco.
Los ojos de Aris clavados en mi en el Club Náutico de Torrevieja mientras pasábamos la noche para encontrar un barco a la mañana siguiente eran de agradecimiento. Parecía como si el peso de la responsabilidad me la hubiese pasado a mí, y ahora tenía yo que tomar las decisiones.

Pero en cuanto cayó la noche y el ruido de los zombies acechándonos hacía eco en toda la ciudad (y en nuestras mentes), Aris me agarró del cuello y me quitó todo, absolutamente todo. Me dejó en ropa interior y me molió a patadas. Sin venir a cuento. Sin previo aviso. Sin escrúpulos. Sin espera. Lo echó todo a la hoguera.

- ¡TODO ESTO ES CULPA TUYA! - gritaba mientras me pegaba patadas en el estómago -. ¡SÓLO TÚ PODÍAS HABERNOS TRAÍDO AQUÍ!

Sin entender nada, intentaba tragar bocanadas de aire entre patada y patada. Tenía la pistola apuntando al aire, y nadie se atrevía a acercarse. Veían impotentes cómo me daban la mayor paliza que me habían dado nunca sin poder hacer nada más que apartar la mirada. Estuvo cerca de noquearme, incluso llegué a desear que me matase en aquel momento y me diese la oportunidad de dejar de sufrir. Pero no lo hizo, cuando se cansó paró y echó todos los folios limpios que tenía sobre el fuego de la hoguera que encendimos. Se guardó el cuaderno con todo lo que ya había escrito desde aquel día en el Carrefour.

Aris se tumbó en el suelo, momento en el que Álex y Raúl se abalanzaron sobre él y le consiguieron quitar la pistola. Raúl le apuntaba mientras Álex cogía una cuerda y maniataba a Aris.

- Lo siento mucho, tío - le decía Álex al loco -. Es necesario atarte, no estás en tus cabales.

No se defendió y aceptó ser atado. Una parte de él lo agradecía, otra se moría de rabia, y a otra le molaba que le tratasen como si de Hannibal Lecter se tratase. Desde el suelo vi cómo Mario se levantaba de su rincón donde descansaba, se acercaba con paciencia y calma, armaba el brazo en un puño cerrado, y descargaba el puñetazo sobre la cara de Aris con toda la violencia del mundo. Comenzó a sangrar abundantemente por nariz y boca. Probablemente se habían roto pómulo y nudillos por partes iguales. Mario se sacudió la mano y volvió a donde estaba.

Gema y Mari se acercaron a socorrerme. Me limpiaron las heridas y me dieron algo de beber que sabía a pies. Sentirse cuidado en aquel momento me reconfortó tanto que dormí toda la noche y parte del día siguiente. Me desperté con la boca pastosa, apoyado en las piernas de Gema, y con el atardecer entrando por la ventana. Parecía que todo estaba en calma...

... pero de las sombras aparecieron Claire y Asun. En cada mano dos botellas en llamas.

- Me he cansado de esperar - concluyó Claire.


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